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Desarrollo Profesional




























La resolución de problemas es el conjunto de competencias cognitivas y conductuales que permiten analizar una situación compleja, evaluar alternativas y decidir en condiciones de incertidumbre. En posiciones de alta responsabilidad, esa capacidad distingue a quien administra la inercia de la organización de quien dirige su rumbo de manera deliberada.
Durante años se asumió que decidir bien era cuestión de instinto, un talento que algunos ejecutivos traían consigo y otros no. La investigación en gestión del talento, desde los trabajos de David McClelland en los años setenta, sostiene lo contrario: las capacidades detrás de una buena decisión son competencias, y como tales pueden observarse, medirse y desarrollarse. Ese cambio de premisa tiene una consecuencia práctica para cualquier organización, porque convierte el criterio directivo en algo que se puede construir con método y no solo en un rasgo que se tiene o no se tiene.


Antes de hablar de cómo se desarrollan estas capacidades conviene precisar qué es una competencia. En la definición que McClelland instaló y que luego ampliaron Richard Boyatzis y los esposos Spencer, una competencia es una característica de la persona, expresada en comportamientos observables, que se relaciona de forma causal con un desempeño superior en un puesto concreto. Lo relevante de esa formulación es el término observable: si una competencia se manifiesta en conductas visibles, entonces puede describirse con precisión, evaluarse con instrumentos confiables y trabajarse con acciones específicas.
Esto separa la competencia de dos ideas con las que suele confundirse. No es lo mismo que un conocimiento, porque saber de finanzas no garantiza decidir bien bajo presión, y tampoco equivale a un rasgo de personalidad fijo, porque el comportamiento asociado a la competencia se puede modificar con práctica. La resolución de problemas encaja de lleno en esta lógica: se reconoce por lo que la persona hace cuando enfrenta un dilema real, y eso es exactamente lo que permite entrenarla.
En el terreno directivo, la resolución de problemas complejos se apoya en tres competencias que pueden identificarse en el trabajo diario:
Estas competencias se despliegan dentro de un proceso ordenado. Verlo por etapas ayuda a identificar en qué punto suele fallar un equipo y, por lo tanto, qué conviene reforzar:
Si estas competencias se entrenan, la pregunta siguiente es cómo. Aquí resulta útil el modelo 70-20-10, formulado por investigadores del Center for Creative Leadership (Morgan McCall, Michael Lombardo y Robert Eichinger) a partir de entrevistas a ejecutivos sobre las experiencias que más habían moldeado su forma de dirigir. El modelo describe una distribución aproximada del aprendizaje profesional:
Conviene tomarlo como una guía de diseño más que como una fórmula exacta, porque las cifras nacen de autorreportes y no de una medición precisa. Su valor está en la advertencia que encierra: una organización que concentra el desarrollo del criterio directivo en cursos aislados está trabajando sobre la porción más pequeña del aprendizaje. Competencias como el pensamiento crítico o el juicio evaluativo maduran sobre todo en el trabajo, cuando la persona enfrenta un problema ambiguo y luego recibe una lectura honesta de cómo lo resolvió.
Las simulaciones de negocio y los estudios de casos complejos son valiosos precisamente porque acercan el aula a la experiencia. Un comité de crisis simulado obliga al participante a dudar de la información inicial, a estructurar un plan con datos financieros limitados y a emitir un veredicto bajo presión de tiempo, con lo que ejercita las tres competencias en un solo ejercicio. Aun así, ese entrenamiento rinde más cuando se combina con asignaciones reales y con conversaciones de feedback que lo prolongan en el puesto.
El instrumento que ordena todo esto es el Plan de Desarrollo Individual (PDI). Un PDI traduce la brecha entre el nivel actual de una persona y el que exige su rol, o el rol al que aspira, en un conjunto de acciones con responsables y plazos. Su punto de partida no es una intuición sobre las carencias del colaborador, sino un diagnóstico objetivo, idealmente apoyado en evaluaciones de potencial y de desempeño por competencias que muestren dónde están las fortalezas y dónde los vacíos.
Un PDI bien construido reparte las acciones siguiendo la lógica del 70-20-10. Frente a un juicio evaluativo poco desarrollado, por ejemplo, el plan no se limita a inscribir a la persona en un curso de toma de decisiones. La coloca al frente de un proyecto con riesgo real y presupuesto acotado (experiencia), le asigna un mentor que revise con ella cada decisión importante (relación) y complementa con formación puntual sobre análisis de escenarios (formación). Tres elementos vuelven útil a ese plan: objetivos observables que permitan saber si la competencia mejoró, un calendario realista y momentos de revisión donde ajustar el rumbo. Sin seguimiento, el PDI se convierte en una declaración de intenciones que nadie revisa.
El impacto de trabajar estas competencias de forma sistemática trasciende el desempeño individual. Cuando los equipos directivos comparten un enfoque analítico frente a los obstáculos, la empresa entera gana velocidad, se reducen los cuellos de botella que provocan la parálisis por análisis y el miedo al error, y se instala una cultura de acción fundamentada.
Una organización con profesionales competentes en la toma de decisiones se vuelve, además, más resiliente. Los errores tácticos dejan de ser motivo de sanción para convertirse en insumos de mejora continua, y la calidad de las decisiones aumenta con un efecto directo en la rentabilidad y en la capacidad de adaptación del negocio.
La resolución de problemas y la toma de decisiones constituyen el núcleo de la efectividad ejecutiva, y entenderlas como competencias observables cambia la pregunta que debe hacerse una organización. Más útil que buscar líderes con instinto es construir las condiciones para que el criterio mejore, y eso exige un diagnóstico honesto de las competencias, un plan que reparta el desarrollo entre la experiencia, las relaciones y la formación, y la disciplina de darle seguimiento.
El éxito de una empresa no se mide por la ausencia de problemas, sino por la calidad del criterio con que los convierte en resultados.
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