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Búsqueda de talento




























En gestión del talento, la forma en que seleccionamos personas dice mucho sobre nuestra idea de “valor”. Durante años, muchas organizaciones han usado credenciales como atajos: título universitario, años mínimos de experiencia o certificaciones específicas. En algunos roles esto es necesario por razones regulatorias. En otros, terminó convirtiéndose en una costumbre que no siempre predice desempeño.


Es importante aclararlo desde el inicio: evaluar competencias no es algo nuevo. Los modelos de competencias, las entrevistas conductuales y los assessment centers existen hace décadas. Lo que hoy se está reimpulsando con más fuerza es una variación más práctica y medible: el skill-based hiring, o contratación basada en habilidades demostrables. No cambia la intención, cambia el estándar de evidencia. El foco se mueve de “lo que el CV sugiere” a “lo que la persona puede probar que hace bien”.
Contratar por habilidades es un enfoque de selección que prioriza capacidades demostrables para ejecutar un rol, especialmente las que explican el desempeño en tareas críticas. En lugar de filtrar primero por credenciales, el proceso parte de una pregunta más directa: ¿qué habilidades necesita esta posición para generar resultados en este contexto?
Para aterrizarlo, conviene distinguir dos conceptos que en la práctica suelen mezclarse:
No hay una única forma “correcta” de nombrarlas. Lo relevante es que cada organización sea capaz de definir qué se observará y cómo se medirá, con criterios consistentes.
El giro hacia habilidades no aparece porque “descubrimos” de pronto que las competencias importan. Aparece porque el mercado presionó tres puntos que ya no se pueden ignorar:
Esto se refleja también en tendencias visibles. En LinkedIn, el número de ofertas que omiten requisito de grado aumentó 36% entre 2019 y 2022. Y en Indeed, en enero de 2024, una minoría de avisos requería un grado universitario de cuatro años o más, mientras que una mayoría no incluía requisitos educativos formales.
Pero aquí viene el punto que más conviene decir con realismo.
Muchas empresas han empezado por lo más fácil: quitar el requisito de grado del anuncio. Eso ayuda, pero no garantiza que el proceso se vuelva realmente contratar por habilidades.
Un reporte conjunto del Burning Glass Institute y el proyecto Managing the Future of Work de Harvard Business School estudió 11,300 roles y analizó trayectorias de 65 millones de trabajadores. Encontró que, en promedio, al eliminar el requisito de BA aumentó la proporción de contratados sin BA en alrededor de 3.5 puntos porcentuales. Sin embargo, como solo una parte pequeña de roles hizo el cambio, el efecto neto agregado fue muy reducido.
La lectura práctica es clara: si el ATS sigue filtrando por universidad, si el hiring manager sigue usando el título como señal principal o si las entrevistas siguen siendo poco estructuradas, el cambio se queda en el discurso.
Al reducir filtros rígidos, aparecen perfiles valiosos que no necesariamente encajan en el molde clásico: trayectorias no lineales, aprendizaje autodidacta, cambios de industria, experiencia práctica sólida sin credenciales “de marca”. Esto amplía el embudo y, en muchos casos, mejora el ajuste real al trabajo.
Cuando la persona debe demostrar lo que sabe hacer mediante evidencias alineadas al rol, se reduce el riesgo de contratar solo por narrativa. No se trata de desconfiar del CV, sino de complementarlo con pruebas que se parezcan al trabajo real.
El skill-based hiring obliga a definir criterios y usar rúbricas. Eso mejora la consistencia entre evaluadores y permite auditar por qué se eligió a alguien. No elimina sesgos automáticamente, pero reduce el margen de decisiones “por intuición” que luego nadie puede explicar.
Cuando el proceso valida habilidades críticas antes del ingreso, suele acortarse la curva para generar valor. Aun así, es importante decirlo: el desempeño sostenido dependerá también del contexto, del liderazgo y del diseño del rol.
La evaluación debe reflejar tareas reales, no ejercicios “bonitos” pero irrelevantes. Si no se alinea al rol, el proceso se vuelve injusto o poco predictivo.
Un riesgo frecuente es convertir el skill-based hiring en una maratón de pruebas. SHRM advierte que, sin estructura, puede dañarse la experiencia del candidato y la eficiencia, y recomienda evaluaciones intencionales y conectadas con demandas reales del puesto.
Si el liderazgo sigue interpretando “título” como sinónimo de capacidad, el proceso no cambia. Aquí se necesita entrenamiento, calibración y evidencia interna, no solo un nuevo discurso.
En roles regulados, las credenciales son parte del cumplimiento. El enfoque skill-based funciona mejor como complemento: valida ejecución y reduce incertidumbre dentro del marco legal.
Un proceso realista no necesita “más etapas”, necesita mejores etapas.
Estas herramientas suelen dar buena evidencia cuando están bien diseñadas y calibradas:
Contratar por habilidades no “reinventa” la gestión por competencias. La vuelve más concreta: obliga a definir qué habilidades explican el desempeño y a pedir evidencia real antes de tomar la decisión.
En un mercado donde la velocidad del cambio supera la vida útil de muchos conocimientos técnicos, contratar por habilidades es una forma más precisa de construir equipos. Pero solo funciona cuando se aplica como sistema: definición clara del desempeño, evaluaciones alineadas al trabajo, entrevistas estructuradas y criterios consistentes. Si solo se elimina el requisito de grado del aviso, el proceso seguirá contratando igual que siempre, solo que con un anuncio distinto.
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